La Casa de las Alhajas de Fundación Montemadrid acoge, tras su paso por el Centro José Guerrero y la Alhambra, en Granada, la exposición José Guerrero. The Presence of Black, 1950-1966 la primera inmersión monográfica, en profundidad, de los años americanos del pintor. La muestra – que estará abierta entre el 29 de enero al 26 de abril- refleja, esa etapa experimental de su trabajo que se tradujo formalmente en la depuración del lenguaje figurativo que había marcado su etapa europea hasta conducirlo al campo de la llamada abstracción biomorfica de cierto contenido simbólico o metafísico.
José Guerrero es uno de los más destacados artistas del siglo XX. Pintor clave del expresionismo abstracto, de gran proyección internacional y pionero de la recuperación de la tradición moderna en España. La exposición ha sido posible gracias al Centro José Guerrero, el Patronato de la Alhambra y el Generalife, la Diputación de Granada, Acción Cultural Española y Fundació Suñol, además de Fundación Montemadrid.
La exposición está dividida en cinco secciones. La primera, basada en los primeros trabajos realizados por José Guerrero tras su llegada a Estados Unidos, en noviembre de 1949, en los que además de aprender las técnicas del grabado el pintor ensaya otros técnicas para llevar hasta sus últimas consecuencias la evolución hacia la abstracción, y que se ha denominado: La abstracción biomórfica.
De las bioformas al gesto, formada por obras realizadas desde los inicios de los años 50 hasta mediada la década, entre las que se encuentran grandes lienzos Black Cries, pintado con motivo del nacimiento de su hija Lisa; Ocultos, Signos, Ascendentes, Black Followers y Signo, una estación intermedia o fase de transición dentro de la evolución de su obra.
En Pintura y arquitectura, una de las novedades de esta retrospectiva, muestra a un Guerrero muralista que pretende integrar en la pintura los nuevos materiales que la industria de la construcción proporcionaba (uralita, ladrillos refractarios, bloques de cemento, etc.) y que denomina frescos portátiles. La Casa de las Alhajas mostrará entre el medio centenar de obras expuestas, un conjunto significativo de grabados y de estos paneles, que nunca antes de la actual muestra se habían expuesto.
El expresionismo abstracto es el título de la cuarta sección. En ella aparecen obras en las que el pintor muestra signos claros de cambio, gracias al uso de colores provocativos sumados a formas dramáticas, en los que el negro ocupa un notable protagonismo que le permite trasladar al lienzo su mundo emocional.
La memoria revisada, en torno a 1962-1963, es el prólogo de su vuelta a España, algo que ocurre en 1965, con obras cuyos títulos están relacionados con la patria del pintor: Albaicín (1962), La Chía (1962), Sacromonte (1963). A partir de 1965 los Guerrero se establecieron en Frigiliana (Málaga), donde adquieren y remodelan un cortijo al que vuelve desde entonces todos los veranos; Cuenca, animado por el ambiente creado en torno al Museo de Arte Abstracto Español; y Madrid.
Casa sin fin Madrid acoge la segunda exposición de Álvaro Perdices en este espacio, bajo el título de 300 x 437 x 240.
Esta instalación, más allá de ser una representación documental de la naturaleza (y que quizá se podría “subtitular” Zarzal), habla de un paisaje anárquico trasladado a la ciudad. Un paisaje que evoca, con su disposición, un gesto que el propio artista califica como "no reglado, desobediente". Las ramas de las zarzas crecen por doquier y son incontrolables, las unas van aprisionando a las otras y crean un ecosistema que es, al mismo tiempo, un nido de pájaros y un escondite de ginetas, una madriguera para protegerse de los cazadores y un lugar en el que esos mismos cazadores se esconden para apuntar a sus víctimas incautas. No es un paisaje al uso... Incluso nos lleva a algunas obras clave de la pintura española del pasado.
Este trabajo de Perdices, que podría leerse también a partir del ensayo fílmico Grey Gardens (1975), de Albert y David Maysles, muestra cómo lo indómito de la naturaleza puede imponerse a lo que el hombre construye. 300 x 437 x 240 "parte de un lugar de resistencia a lo normativo y a lo que podría ser, por simplificarlo, sólo tendencia", continúa diciéndonos el artista. "Esa resistencia provoca la posibilidad de grietas en el espectador al mismo tiempo que genera otros espacios de conocimiento, o bien de lo no conocido o reformulado. Se trata de desencajar un espacio para que se cree otro con vocación de nuevos contenidos y nuevos interrogantes".
Las imágenes construidas para este zarzal en Casa sin fin, además de otros trabajos anteriores de Álvaro Perdices (las fotos negras de cuartos oscuros o los niños escondidos de Jakintza) hablan de ocultación. Un impulso sexual en el caso de los cuartos oscuros, unos niños que esconden su cuerpo o su rostro, un zarzal en el que no llegas a ver el fondo, en el que puedes camuflarte… Este grupo de imágenes tomadas en el pueblo familiar del artista, en la Sierra Norte de Guadalajara, propone un lugar metafórico desde el que "no me ves pero yo te veo", un lugar de escondite en el que es posible desobedecer, y ya sabemos que en toda desobediencia se está cultivando también una forma particular de placer.
La Sala Verónicas de Murcia acoge, bajo el comisariado de Julieta de Haro, la exposición Incontable de Daniel Canogar, donde se expone una selección de instalaciones de las series Quadratura y Small Data adaptadas específicamente a esta antigua iglesia desacralizada de un convento del siglo XVIII.
A través de un recorrido de estímulos generados con piezas en las que prima el contenido audiovisual, Canogar (Madrid, 1964) pretende concienciar al público del paso del tiempo y de sus efectos, tanto destructivos como constructivos. ‘Incontable’ permanecerá abierta hasta el 19 de abril y es la única exposición que el artista, recién llegado de Nueva York, tiene hasta ahora cerrada en España para este 2015.
Unas piezas dotadas de gran plasticidad en las que prima el elemento audiovisual, ya que todas se basan en proyecciones sobre diferentes materiales como discos compactos, pantallas de televisión, tiras de celuloide, discos duros o letras del teclado del ordenador. Material ya ‘antiguo’ que adquiere una nueva vida de la mano de Canogar.
Entre estas obras adaptadas específicamente a la Sala Verónicas destacan, por ejemplo, Aphasiac Mappin, una instalación creada con teclados desechados que ocupa una mesa en el claustro del convento; Frecuencia, en la que 33 pantallas de televisión analógicas vuelven a cobrar vida; y Sikka Magnum, instalada en la zona del altar y construida con 360 CD que ‘devuelven’ al espectador las imágenes proyectadas.