Bill Viola
El Museo Guggenheim Bilbao presenta Bill Viola: retrospectiva, un recorrido temático y cronológico por la trayectoria del artista, comenzando con sus tempranas cintas monocanal, entre las que se incluyen obras tan representativas como El estanque reflejante (1977–79) y Cuatro canciones (1976), un álbum en el que recopiló varias piezas. Estas creaciones tienen un contenido sumamente poético y ya abordan aspectos tan importantes en la producción de Viola como la noción del tiempo y su deconstrucción, la indagación acerca de la existencia, la experimentación con la grabación y manipulación de sonidos procedentes del medioambiente y de la naturaleza.
La década de 1980 se inicia con obras como Chott el-Djerid (Un retrato de luz y calor) (1979), donde la cámara captura el deslumbrante paisaje del desierto mediante teleobjetivos que permiten grabar espejismos y revelar así imágenes que normalmente escapan a nuestra percepción. Esta etapa, en la que Kira Perov (su esposa y colaboradora durante largo tiempo) comienza a colaborar con Viola, está marcada por proyectos destinados a ser emitidos por televisión, pero también sirve como periodo de transición entre su producción temprana y las instalaciones que se desplegarán en salas enteras, envolviendo al observador en imágenes y sonido. El artista empieza a incorporar en su trabajo elementos físicos (algo que estará presente durante los años noventa); sus estudios sobre la percepción y temas espirituales se plasman en objetos escultóricos, como se aprecia en los despojados monitores de Cielo y Tierra (1992) y en obras de grandes dimensiones, como Una historia que gira lentamente (1992), con su colosal pantalla giratoria.
Con la llegada del nuevo milenio y la aparición de la pantalla plana de alta definición, Viola comienza a realizar piezas de pequeño y mediano formato, que se integrarán en la serie Pasiones; entre ellas, un estudio a cámara lenta de las emociones, Rendición, y trabajos que reflejan el paso del tiempo y la sucesión de las generaciones, como La habitación de Catalina y Cuatro manos, todas de 2001. A estas creaciones íntimas siguió la instalación monumental Avanzando cada día (2002), en la que cinco grandes proyecciones murales que comparten un espacio común invitan al espectador a adentrarse literalmente en la luz y reflexionar acerca de sus vidas y la existencia humana. La cuestión de la trascendencia también se halla presente en su trabajo para la ópera wagneriana Tristán e Isolda (2004–05), una obra mayor de la que se derivan dos instalaciones, La ascensión de Tristán (el sonido de una montaña bajo una cascada) y Mujer fuego, ambas de 2005.
Durante la última década, Viola ha continuado representando la experiencia fundamental de la vida a través de los medios y soportes más diversos. Buen ejemplo de ello es su empleo del agua en obras como Los inocentes (2007), Tres mujeres (2008) y Los soñadores (2013)—, y su recorrido por el ciclo de la vida, que se inicia en esta exposición con Cielo y Tierra (1992) y se “rebobina” literalmente en la pieza final, Nacimiento invertido (2014).