El Círculo de Bellas Artes presenta la exposición que divulga la obra musical y la poliédrica personalidad del compositor catalán coincidiendo con la conmemoración del centenario de su nacimiento. La muestra sitúa la música y la estética de Xavier Montsalvatge en el contexto de la historia del arte de la segunda mitad del siglo XX, y recoge diversos documentos relacionados con el autor: piezas artísticas, fotografías, manuscritos, cartas y artículos.
Esta efeméride supone una oportunidad única para profundizar en la extensa y variada obra de una de las personalidades más importantes de la música catalana contemporánea, y una figura decisiva en la cultura de nuestro país, tanto por lo que respecta a la vertiente creativa, como a las tareas de divulgación y docencia.
Con el objetivo de articular una celebración tan necesaria se ha constituido la Associació Xavier Montsalvatge Compositor, marco a partir del cual se modula un proyecto que pretende dar a conocer al gran público todas las facetas de su actividad artística: desde su obra sinfónica, escénica y de cámara hasta sus recordados artículos en Destino y La Vanguardia, sin olvidar sus aportaciones cinematográficas o su intensa vinculación al mundo de las artes plásticas, decisivas en la configuración de su imaginario intelectual y artístico.
La galería Fúcares inicia la temporada con la presentación hoy de la tercera exposición de Jacobo Castellano en el espacio madrileño.
Dos de pino no se centra en revisitar la casa que habitó en la infancia, uno de los motores de la obra de Jacobo Castellano, si no que reacciona ante la situación social, aunque -como no puede ser de otra manera en él- obviando lo político y lo explícito. Aquí surge con fuerza una rama de lo expresivo como es lo grotesco -lleva un juicio de valor aparejado- que dominan algunos personajes y algunas situaciones, descabelladas y cómicas, como la que escenifica Ya son ganas.
En este sentido, y a diferencia de exposiciones anteriores, Castellano introduce la figura humana, aunque formulada desde lo grotesco y mediante el assemblage y el collage: Bebedor 01, Bebedor 02, Pelele o incluso los reyes de Dos de pino, aun cerca del homúnculo y puede que del ridículo, suponen la inclusión de lo antropomórfico. Lo humano quedaba hasta ahora denotado por la inclusión de objetos que actuaban a modo de sinécdoque (unos simples zapatos nos advertían de la presencia).
La Galería Max Estrella inaugura hoy, después de seis años sin exponer individualmente en Madrid, la exposición Nature morte de Charles Sandison. La muestra recoge un conjunto de obra reciente, con la que el artista reflexiona sobre el lenguaje como producto de la evolución.
Sandison trabaja a partir de programas de ordenador creados por él mismo (controlados por algoritmos de dinámica molecular) que generan palabras y les dotan de vida. Utilizando como base palabras en distintos idiomas, signos o números (aparentemente contradictorios: entre palabras y formas, poesía y código, lo orgánico y lo digital), crea un proyecto instalación con vídeo proyecciones que se despliegan en el espacio arquitectónico propuesto, para el que están especialmente concebidas. Las palabras, son sencillas, pero transmiten una fuerte intensidad emotiva que se apodera del espectador, y lo incluye en la misma acción de la obra.
El empleo por parte de Sandison de palabras como material constitutivo de su trabajo (siendo uno de los pocos que actualmente continúa con la intención de los proyectos de Jenny Holzer) lo inscribe en la tradición de la historia del arte que continúa la senda del arte conceptual. Avanza, sin embargo, en la apertura hacia el campo expandido de la representación, caminando sobre la línea entre imagen y palabra, con un formato escultórico, una versión reducida en última instancia de la realidad virtual.
En la pieza central de la exposición, The Birth of Language, un software dota de vida artificial a todos los puntos y aparte del texto completo de Sobre el Origen de las Especies (publicado en 1859 por Charles Darwin). Su capacidad narrativa se acrecienta al representar el dinamismo inherente a la existencia, logrando una obra autogenerativa, una narrativa abierta, una especia de organismo biológico cambiante.
Al final, su obra nos recuerda que, aunque la cultura crea las lenguas y las palabras, éstas no son nada en sí mismas; sólo son eferentes, que hacen que el mundo exista para nosotros: el idioma es nuestra interfaz con la realidad.